La mayoría de los recuerdos que tengo de mi
infancia están basados en fotos, comentarios o de lo que me han contado. Muy
pocos son recuerdos almacenados en mi cabeza.
Con apenas
seis años fui al zoo de Madrid, tengo una buena imagen de aquella visita al
zoológico, pero no por el recuerdo precisamente si no por una fotografía que
tengo junto a los osos, mi felicidad se ve reflejada en mi cara. También
recuerdo la vez que me disfracé de hippie para el carnaval del colegio, tengo
varias fotos pero me acuerdo de ello principalmente por lo que mi madre me
tiene contado.
Sin embargo,
recuerdo a la perfección el día que compré a mi perro. Este recuerdo si está grabado
en mi cabeza, pero, no tengo ni una sola foto, que casualidad, ¿no?
Cuando entré
en aquella tienda de animales sabía que al salir, llevaría un cachorrito entre
mis brazos, pero para nada pensé que ese sería mi actual perro. Apenas tendría
ocho años, quería un perro pequeño, blanco y con manchas marrones, pero en
cuanto la dependienta me enseñó los perritos que había, ninguno era de esas
características.
Uno de ellos
vino corriendo hacia mis pies pero cuando me agaché para acariciarlo el
cachorro se hizo pis a mi lado. Ese ya no me gustaba.
Los demás
perros estaban dormidos o muy tranquilos y eso era precisamente lo que yo no
quería. Entre estos apareció uno corriendo por toda la tienda, ¡parecía una
bala!, era blanco y pequeñito, sólo le faltaban las manchas marrones. Se puso a
jugar conmigo, estaba eléctrico y lleno de alegría, sin duda, ese era el perro
que quería y el que salió entre mis brazos de la tienda.